Escucho una triste melodía en el piano del hotel donde me encuentro por ultima vez, acepando un sueño frustrado por la euforia mundialista que somnolece la escasa inteligencia de la vulgar socialidad mexicana. El pianista escupe por las manos una figura mas extraña y descolorida que los viejos tapices del vestíbulo donde mis exóticos extranjeros exaltan mi exuberante sección de soledad. Acompañado del hambre física en muchos aspectos quisiera olvidar el punzante reclamo del corazón que ha desarrollado un rencor en contra de mi voluntad por encadenarlo ante sus intenciones de satisfacer sus deseos de sentir la cercanía de ... otro corazón. Me amenaza con no seguir latiendo ante su decepcionada voluntad y otras veces trata de asfixiarme por momentos ensanchando mis arterias para reventarlas en una fiesta de ruboroso torrente.
Puedo soportar la batalla con el, pero golpe incesante y arrítmico del piano distrae mi mente en figuras de puntos de luz distantes que no tienen sentido en soledad. Uno tras otro se repiten y cambian, uno tras otra las notas se generan y bailan, una tras otra florecen y poco a poco se tornan una sola, una mas compleja, una mas completa, una mas diversa melodía. Y brillan con mas luz, chocan entre ellas, se juntan y se siguen, se ven completas, se valoran al existir, y en el pináculo de la danza, cuando mi mente y voluntad se dispersa, te veo distante, te siento en nostalgia. Te extraño sin conocerte en una repentina venganza del corazón que aprovecha la luz hipnótica de la música para recordarme que no tengo sentido, que no tengo compás, que soy una nota sola golpeando el vacío en un proceso degradante en ecos de lo que ya no soy.